Vin Diesel sacado de su medio natural —películas de tiros, mamporros y chistecillos— no da mucho juego, en este caso concreto intentar hacerle pasar por un italiano mafioso casposo, por un quinqui traficante de poca monta no cuela. Desde el escandaloso peluquín que lleva pegado al cráneo, pasando por su neumática figura rellena de esteroides y acabando por su triste manera de actuar. La verdad es que me recuerda el lamentable papel de matemático chiflado que hizo el no menos gélido Russell Crowe en “Una Mente Maravillosa”, personajes que son estereotipos de freaks anémicos convertidos en la pantalla en amorfas masas hipermusculadas. Cuando se ve a Diesel con el traje puesto da la impresión de que se podría hacer una autovía de 6 carriles entre sus hombros.
Luego la película per se es larga y aburrida, una vez más los buenos son los mafiosos y los malos quienes los quieren juzgar por asesinato, extorsión, robo y demás. En particular el fiscal está pintado como un ser arrogante, antipático y amargado, mientras que el personaje de Vin Diesel, traficante de droga, es un corderillo injustamente acusado, al igual que todos sus conpinches de la “familia”. La película estaría basada en un hecho real, pero la historia es tan ridícula que me cuesta creer que algo parecido podría haber pasado en un juzgado, aunque claro, aquello es norteamérica.
Tampoco estaba de especial buen humor para apreciar el bodrio, en las últimas filas del cine había una piara de chavales que a la media hora y como Vin Diesel no daba muestras de fugarse de la cárcel en un coche de 4000 caballos o sacar una metralleta alienígena de 12 cañones para matar al fiscal, se empezaron a aburrir (con razón hay que decir), a charlar tan ricamente y a “doblar” la película con sugerentes frases que mentaban la fisonomía reproductiva masculina con insistencia. La pueril conducta no gustó a las filas delanteras que contraatacaron con inspirados insultos a los primeros, desde luego eso era más interesante que la película, pero bueno, entonces el centro pidió silencio mientras se escuchaban los puñales dialécticos volando. Finalmente los de atrás se largaron en tropel a 5 minutos del final de la cinta, igual no querían verse las caras a la salida con los de delante.
Resumiendo, espero que mi subconsciente borre rápidamente de mi memoria semejante esperpento de película.
Entre la insoportable papilla que sirven tan generosamente las televisiones y con esa fascinación hipnótica que tiene la basura catódica, que te atrapa y te anula completamente la voluntad, estuve viendo un rato eso de la elección de “Míster España 2006”, se celebra en Marina d'Or (este grandísimo lugar pasará sin duda a la historia por ser el que más galas cutres y horteras ha albergado, sin olvidar esos anuncios) y lo retransmite la cadena reina de los “experimentos sociológicos” (o quizá debería decir sociopáticos). Mientras iban saliendo los 52 guapos, era curioso comprobar que tenían todos el mismo cuerpo, será que en los gimnasios de turno tienen un molde para ser míster, todos exactamente iguales, todos con exactamente el mismo grado de tueste ultravioleta, todos exactamente depilados y maquillados igual, lo único que cambiaba era la cara. Era como ese juego que había cuando yo era pequeño, con tres ruedas concéntricas en las que podías girar la cabeza, el torso y las piernas y reinventar 50 veces a tu superhéroe imaginario. Pues esto era igual, pero aquí sólo hay un cuerpo y 52 cabezas, no muy divertido la verdad. Es infumable, realmente me pregunto quién es capaz de ver eso, porque además dura como años de tormento, quizá, viendo la gran calidad de la televisión en España, debería ser una pregunta más genérica: ¿quién es capaz de ver la televisión en este país?